Matar los mitos
es un artículo del escritor y editor Jose Mari Esparza publicado en GARA el 4 de noviembre de 2001.
Jose Mari Esparza Zabalegi * Editor
Matar los mitos
Osama Bin Laden tiene ante sí dos retos trascendentales. El que más le urge es de carácter político: demanda la salida de todos los imperialistas de los países musulmanes, y para eso necesita la sublevación popular contra los regímenes títeres del área. En suma, pretende arreglar su casa, no meterse en la de los demás. El otro reto es de carácter más personal: evitar caer en manos de los gringos que, pese a lo que vociferan, probablemente no lo quieren ni vivo ni muerto.
Esa es precisamente la gran tragedia del Pentágono: Bin Laden les ha ganado sobradamente la batalla de la imagen y su figura parca y austera fotogénica además impone mucho más respeto con un gesto de la mano que todas las bravatas del gigante gringo. Resulta curioso el afán de la prensa occidental de acompañar su figura siempre con la coletilla «el multimillonario Bin Laden», como si el ser rico fuera para las elites de occidente algo peyorativo.
Y es que no saben cómo entrarle al poeta guerrero. Si un misil mata a Osama, su victoria personal será inevitable. Habrá nacido el mito y un nuevo profeta agitará, más aún, las conciencias árabes. Sus objetivos políticos se verán reforzados. Y yo no creo que a los gringos les interese cometer el mismo error que cometieron con la ejecución del Che Guevara en Bolivia, cuya imagen, inmortalizada en una simple fotografía, sigue cautivando corazones y animando a la rebelión en cualquier parte del mundo. Como la estampa de Salvador Allende, defendiendo arma en ristre la democracia chilena: son iconos eternos, semenceros del anti imperialismo.
Los gringos aprendieron bien aquellas lecciones y saben que los mitos hay que matarlos, no arrancándoles la vida, sino la dignidad. No les bastó con ocupar Panamá: había que sacar a Noriega la foto policial, como vulgar delincuente. No bastaba con liquidar al Sendero Luminoso: el mundo tenía que ver a su presidente Gonzalo encerrado en una jaula, como un oso grotesco. Y Abdullah Okalan, tenía que aparecer como un delator, para humillar con él la causa del Kurdistán. Los gringos saben que sólo arrancándole el turbante y afeitándole la barba, en un penal americano y ante las cámaras de la CNN, podrían aminorar la estrella Bin Laden. Pero ¿cómo hacerlo con quienes creen que la muerte es el mejor escondrijo de la vida?
El presidente Bush pisa arenas movedizas. Cada misil que arroja en tierra de pobres refuerza el mito y augura futuras venganzas. Alguien, a lo John Wayne, debería decirle: «Yo no lo haría, forastero». *